Fundación Wong

El campo tiene talento. Lo que faltan son puentes. 

Hay frases que cambian la temperatura de una sala. En el Beyond Summit 2026 —el encuentro que reunió en Quito a líderes, empresas y organizaciones los días 27 y 28 de mayo— una de ellas llegó temprano, casi al inicio de la intervención de Ricardo Romero, Director Ejecutivo de Fundación Wong: “El futuro de un país también se decide antes de que amanezca”. 

 

Con esa imagen —la de un joven del campo que se levanta a trabajar mucho antes de que despierte la ciudad, con las manos llenas de esfuerzo, pero con muy pocos caminos para crecer— Romero abrió su ponencia y dejó sobre el escenario la pregunta que sostendría todo su mensaje: ¿qué pasa cuando el talento ya existe, pero el camino todavía no? 

La palabra que vino a desmontar 

El Director Ejecutivo no llegó al Beyond Summit a presentar un programa. Llegó a desmontar una palabra. Cuando hablamos del mundo rural, dijo, solemos llegar demasiado rápido a una sola: falta. Falta de oportunidades, de recursos, de empleo. Las brechas existen, reconoció, pero después de más de 30 años de trabajo territorial de la Fundación Wong, su lectura es otra: muchas veces no falta talento, ni esfuerzo, ni vocación. Lo que está roto es el paso entre la educación rural, la oportunidad y el empleo. 

 

El dato que llevó al público le dio peso a la tesis: a marzo de 2026, solo el 32% de la población económicamente activa del Ecuador tenía empleo adecuado. En ese escenario, sostuvo, cuando un joven se gradúa y no encuentra una ruta clara hacia un empleo digno en su propio territorio, el campo no pierde solo mano de obra. Pierde continuidad, identidad y futuro. 

AGROFUTURO: del discurso a la evidencia 

Frente a esa fractura, la respuesta de Fundación Wong: AGROFUTURO, un modelo vivo de cooperación multisectorial. La familia empresaria aporta visión y arraigo; la empresa, empleo real y pertinencia técnica; la institución educativa, formación; el territorio, identidad y comunidad. Y la Fundación articula, conecta y sostiene el proceso. Cuando todos se sientan a la misma mesa, resumió, la educación deja de ser discurso y se vuelve camino. 

 

Y para mostrar que el puente funciona, compartió las cifras de su línea de asistentes técnicos en banano: 

  • 300 jóvenes formados como asistentes técnicos. 
  • 97% de permanencia en el proceso formativo. 
  • 75% de inserción laboral inmediata tras la práctica productiva. 
  • 90% sigue empleado dos años después. 
  • 36% son mujeres, en un sector históricamente masculinizado. 

No son solo indicadores, planteó ante el auditorio. Son la señal de que, cuando la educación se conecta con el territorio y con el sector productivo, el talento rural no solo se forma: se queda, crece, aporta y lidera. 

 

Permanecer también transforma 

Uno de los pasajes que más resonó fue el del legado. La decisión más transformadora que puede tomar una empresa, dijo Romero, no es invertir en un territorio: es permanecer en él el tiempo suficiente para entenderlo, cuidarlo y construir futuro junto a su gente. Es la historia de la familia Wong Naranjo, que no miró el campo solo como un lugar de operación, sino como un lugar de vida, comunidad y responsabilidad. 

 Lo enmarcó en una convicción heredada de Don Segundo Wong: la educación no es un gasto, sino una inversión capaz de transformar realidades. Cuando una empresa entiende eso —fue su planteamiento al público de líderes— deja de preguntarse solo cuánto produce un territorio y empieza a preguntarse qué está ayudando a sembrar en él para las próximas generaciones. 

Tres nombres, una misma certeza 

El Director Ejecutivo no quiso que ningún porcentaje se quedára sin rostro. Así que dejó los datos a un lado y contó tres vidas. 

 

La de Andersson, que conocía el campo de memoria — el calor, el madrugón, el peso del trabajo— pero no encontraba la puerta para ascender. Se formó como asistente técnico y esa puerta apareció: hoy es jefe de sector y mira más lejos, hacia administrar de hacienda en Reybanpac. El mismo hombre, el mismo campo; lo único que cambió fue el camino. 

 

La de Anita, que se graduó del bachillerato y después conoció el silencio: más de un año tocando puertas que no se abrían. Hasta que una sí. Hoy trabaja como auxiliar de ganadería en Reylácteos, en el oficio que la esperaba del otro lado de una formación. 

 

Y la de Ashley, que todavía sueña en voz alta: quiere ser agrónoma. No para irse del campo —aclaró Romero—, sino para transformarlo. En esa sola frase cabe toda la apuesta: el futuro del campo, defendido por quienes nacieron en él. 

 

Tres historias distintas y una misma certeza que Romero dejó flotando en la sala: cuando el talento rural encuentra un puente, no cambia una sola vida. Cambia una familia, una comunidad, un territorio entero. 

La pregunta que quedó flotando 

Antes de bajar del escenario, Ricardo Romero hizo lo contrario de lo que suele esperarse de un cierre: en lugar de dar una respuesta, devolvió una pregunta. 

La verdadera duda, dijo, ya no es si el campo tiene futuro. Ese futuro existe y respira: tiene la cara de Andersson, la de Anita, la de Ashley y la de miles de jóvenes que no piden que les regalen un destino, sino que alguien se atreva a abrirles un camino. 

 La pregunta —la que dejó suspendida sobre el auditorio, mirando a empresas, fundaciones, instituciones y familias— era otra: ¿estamos dispuestos a construir esos puentes? Porque cuando se trabaja desde la raíz, no solo se siembra futuro. Se cosecha dignidad.